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UMA THURMAN: UNA ALFOMBRA ROJA NO ES DIFERENTE A UNA ENTREVISTA O MUDARSE DURANTE MESES A OTRO PAÍS
Por Vogue: Con sus altos y sus bajos, la de Uma Thurman ha sido una carrera de largo alcance. En nuestra portada de marzo, celebramos el regreso tranquilo de una estrella que lo ha sido todo: de emblema sensual en “Las amistades peligrosas” a icono feminista por obra y gracia de “Kill Bill”.

Uma Thurman (Boston, 1970) nunca tuvo la ambición de triunfar en el cine por su belleza. Sin embargo, su primer papel memorable sobre la gran pantalla, el de la inocente joven Cécile de Volanges en la muy carnal Las amistades peligrosas (Stephen Frears, 1988), la posicionó un poco como el sex symbol que ansiaba la intelectualidad cinematográfica. “Tiene 18 años, pero va a cumplir 40. Tiene mucho más mundo que yo”, alababa entonces el director. “No hay en ella nada de adolescente nerviosa. Jamás he conocido a alguien así a esa edad. Destaca su inteligencia y aplomo”, apuntalaba su compañero en las escenas íntimas, John Malkovich.

 

Desde el mismo momento en que se estrenó aquella cinta, trabajó incansablemente en todo tipo de proyectos para ganarse el respeto de la crítica y, al mismo tiempo, sacudirse el sambenito de sexy. “Hace treinta años que no hago desnudos”, sentencia desde su casa en Nueva York, donde reside con su hija pequeña, Luna, de nueve años (“casi diez”, puntualiza la niña, que corretea por la estancia en la que su madre atiende a esta entrevista vía Zoom). “Quizá vuelva a hacerlos cuando tenga sesenta”, bromea, con un guiño a la edad de su colega Emma Thompson, que recientemente declaraba públicamente lo difícil que le ha resultado desnudarse frente a una cámara para determinadas escenas de Good Luck to You, Leo Grande. “Me encanta Emma Thompson. Es una actriz valiente y brillante, y una persona muy, muy, muy inteligente”, continúa Thurman. Quizá también piense en ella, por lo aproximado de sus posturas en torno al tema, cuando habla del auge de los procedimientos medicoestéticos en Hollywood. “Es ciertamente desalentador. Por momentos, me parece que la gente se deja llevar. Pero yo no juzgo a nadie. No hay nada que juzgar, en realidad, son elecciones que hace la gente. Y, honestamente, sigo pudiendo reconocer el rostro de las actrices que más admiro”.

 

Ella misma se vio frente a ese incómodo juicio popular en febrero de 2015, durante la première de la serie The Slap. “Prácticamente irreconocible”, titulaba The New York Post. “Una frente sospechosamente lisa y el rostro hinchado, junto con una sonrisa extremadamente tensa”, describía The Daily Mail. “No sé qué pasó, creo que a nadie le gustó mi maquillaje”, respondía unos días después una carcajeante Thurman, en directo, en la NBC, dando por zanjada la diatriba de su cambio estético.

 

En la actualidad, la intérprete reconoce que la apariencia es algo que no le importa tanto. “Era muchísimo más consciente de mi cuerpo cuando era más joven. Para lo bueno y para lo malo. Pero creo que hay una parte de envejecer que está muy bien, y es que vas aceptando quién y cómo eres. Y vas entendiendo que lo realmente importante de la vida está en la belleza interior, en el bienestar mental, en la salud física...”.

 

Para ella, que prácticamente creció en un set de rodaje, la experiencia que más le ha ayudado a tomar tierra en los siempre volátiles mundos del celuloide, ha sido la de tener a sus hijos. Un año después de conocer a Ethan Hawke en el rodaje de Gattaca (Andrew Niccol, 1997), la pareja traía al mundo a la primera de sus dos retoños en común, Maya, que ahora sigue sus pasos en la actuación. “Estoy muy orgullosa de ella. Tiene muchísimo talento, y también escribe su propia música. Es muy especial”, admite, emocionada, Thurman. “Al principio tenía más miedo. Pero después de verla actuar, especialmente tras una versión que emitió la BBC de Mujercitas [dirigida por Vanessa Caswill, en 2017], cuando tenía 18 años, me di cuenta de que era buenísima. De quitar el aliento. Y perdí cualquier temor, porque el talento estaba ahí. Si lo tienes, ¿qué puedes hacer?”. Lamenta, eso sí, que no necesite ni haga caso de sus consejos. Por su parte, Maya Hawke, a punto de estrenar la nueva temporada de Stranger Things, describe a su madre con total admiración: “Es brillante...  todo lo que la gente cree que conoce y adora de ella, es aún más rico, más profundo, más divertido y más chispeante”, declara. “Me enseña todos los días cómo expresarte de manera pública, al mismo tiempo que mantienes partes de ti en privado”.

 

Por mucho que Uma Thurman intente blindar sus rutinas familiares y sus opiniones personales sobre determinados temas, cuando ha sentido la necesidad de hablar públicamente, lo ha hecho con puño de hierro. Sucedió en 2018, cuando se posicionó en contra del comportamiento del productor Harvey Weinstein, al mismo tiempo que admitía su parte de responsabilidad en el caso por no haberse manifestado con anterioridad: “Soy una de las razones por las que una niña entraría sola en su habitación, como lo hice yo. Quentin [Tarantino, el director] tuvo a Harvey [Weinstein] como productor ejecutivo de Kill Bill, una película que simboliza el empoderamiento femenino. Y todos estos corderos caminaron hacia el matadero porque estaban convencidos de que nadie que se eleva a tal posición les haría algo ilegal, pero lo hacen”, declaraba en The New York Times, en el mismo reportaje en que admitía que Weinstein había intentado forzarla poco después del estreno de Pulp Fiction (Q. Tarantino, 1994). “Solía pasar horas hablando conmigo sobre el material, halagando mi intelecto y validándome. Posiblemente, eso me hizo pasar por alto las señales de advertencia”, admitía sobre el contexto del intento de agresión sexual. “Soy una persona que estuvo sujeta a ello y también alguien que formaba parte de la capa de nubes que lo cubría. Es una división superextraña”. Desde entonces, ha preferido no volver a hablar más sobre el magnate caído en desgracia.

 

Tampoco está dispuesta a verbalizar nada relacionado con sus años gloriosos junto a Tarantino. Los éxitos de público y crítica que cosechó como Mia Wallace en Pulp Fiction o la manera en que ayudó a dar vida al personaje de la novia (Beatrix Kiddo) en las dos entregas de Kill Bill (2003 y 2004) forman parte de la Historia del cine, pero no son un buen recuerdo personal para ella.

 

En aquel mismo texto de The New York Times comentaba las causas de su distanciamiento con el célebre director: él la había obligado a no usar dobles en una escena potencialmente mortal que, de hecho, la llevó al hospital. “Tuvimos una pelea enorme, y lo acusé de tratar de matarme. Estaba muy enfadado por eso, imagino que con razón, porque no sentía que me hubiera intentado matar”, recordaba la actriz.

 

Lo cierto es que Uma Thurman prefiere no mirar al pasado, sino al futuro. Y el futuro, a sus 52 años, se presenta más amable y apetecible de lo que jamás hubiera imaginado. “Me siento muy agradecida de haber podido hacer trabajos interesantes durante 34 años. Sé que es algo muy poco común, muchísimas de las personas que comenzaron conmigo ya no están en el oficio. Así que creo que he tenido una carrera muy afortunada, aún a pesar de los altos y bajos. Sigo haciendo lo que me interesa”, admite. Sobre los momentos buenos y los malos, asegura haberlos pasado con un regalo que tiene, la capacidad de resiliencia. “Creo que tengo un poco, y me ha ayudado mucho eso de ser capaz de mantenerme abierta, con curiosidad y energía en cualquier circunstancia”.

 

A principios de enero de este año estrenó Sospechosos, en Apple TV, una serie en la que interpreta a una alta ejecutiva cuyo hijo ha sido públicamente secuestrado (de una manera muy acorde a los tiempos: con un vídeo viral del momento en que una banda, disfrazada de la familia real británica, se lo llevaba del pasillo de un hotel). Y el 28 de febrero comenzó a emitirse en Movistar Plus+ Super Pumped: The Battle for Uber, la historia sobre la creación de Uber en la que encarna a la magnate de las comunicaciones Arianna Huffington. Ambos personajes son mujeres poderosas, “con carácteres muy marcados, pero creo que nadie se sorprenderá de que me hayan elegido para interpretar a gente de carácter fuerte”, cuenta. “Creo que es porque tengo un buen uso del lenguaje, soy muy diligente y hago buenas lecturas e investigaciones, además de tomarme la actuación muy en serio”. Admite estar especialmente emocionada con encarnar a Huffington. “La conozco, he estado con ella y la respeto”, dice. “Por alguna razón, en mi grupo de amigos la mayoría son escritores, así que vino a alguna reunión. Me gusta mucho y creo que es realmente divertida, además de extremadamente inteligente. Así que interpretarla me hizo ponerme un poco nerviosa, creí que sería imposible. Espero no decepcionarla”. ¿Lo más difícil para encarnarla? “La mezcla de acentos, trabajé mucho en ella. Tiene muchísimas influencias culturales en su manera de hablar: inglés británico, griego...”.

 

Pero no solo de cine (cada vez se prodiga menos, aunque tiene pendiente de estreno Hollywood Stargirl) y de televisión (su trabajo principal en los últimos años) viven las estrellas. Thurman también se presenta con gusto ante la cuarta pared de los teatros, al menos cuando el libreto le gusta (“son los escritores los que hacen de mi trabajo un placer”, admite). De la mano de la soprano Renée Fleming, el pasado enero llevó al Carnegie Hall Penélope, una versión (cantada y leída) de la Odisea homérica desde el punto de vista de la mujer que lo espera cargada de paciencia en Ítaca. “Eres el arquetipo. Simplemente representas en tu persona profesional todo lo que imaginamos que es Penélope. Pienso en ti como una diosa griega: su fuerza, su capacidad para decir no durante 20 años y ser inteligente y trabajar con todos estos hombres. Realmente no puedo pensar en nadie mejor para hacer esto”, alababa Fleming antes del espectáculo. Repitieron el 28 de febrero en el Kennedy Center de Washington, con localidades agotadas prácticamente desde que se pusieron a la venta.

 

“Una de las maravillas de ser actriz es la increíble variedad de opciones que puedes tener en un solo campo. Del teatro al cine, pasando por la televisión (que hasta hace siete años no solía hacer)... En el cine lo que intenté es explorar todo tipo de géneros: desde los que tenían un presupuesto desorbitante a los que eran algo experimental, independiente y a pequeña escala. Cada experiencia es única. Desde la gente con la que trabajas a la naturaleza de la historia que vas a contar. Y aún así, dispones del mismo kit de herramientas para sacarlas todas adelante”, asegura la estrella, que se emociona mucho menos al hablar de alfombras rojas. “No son la razón por la que elegí ser actriz. Es algo que descubres después de alcanzar el éxito en algo que es tu pasión. Es como un efecto colateral. No son el motivo por el que estás ahí, ese siempre es la pasión por la actuación. Una alfombra roja no es diferente a una entrevista o tener que mudarse durante meses a otro país para un rodaje: un efecto colateral”. Tampoco está especialmente interesada en lo que, ahora mismo (en su momento fue imagen de Louis Vuitton y Givenchy, entre otras marcas), pueda ofrecerle la moda. “Me interesa lo que pueda ocurrir en la industria, pero ahora mismo, en los últimos años, diría, no le he prestado mucha atención”.

 

A la pregunta de si se imagina lo que recordarán sobre ella dentro de cien años, Thurman responde reflexiva: “Ojalá haya algo dentro de un siglo, y ojalá sea un mundo lo suficiente justo, pacífico y cómodo como para que la gente pueda pararse a pensar en una actriz que estuvo en el planeta tanto tiempo antes. Me preocupa mucho más el mundo que yo, que no se convierta en un lugar incómodo donde no se recuerda a nadie más que por que hemos sido responsables de convertirlo en una escombrera”. Lo dicho, con los pies muy conscientemente en el suelo.

 

Lee el artículo original en VOGUE.

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