ARELY JIMÉNEZ Y LA POESÍA DE LA SINCERIDAD | POETAS HIDROCÁLIDOS | RESEÑA
En su impulso por expresar su dolor y soledad, Arely creó una obra donde la voz de miles de seres relegados se conjuga en un solo grito que clama "¡Aquí estoy!". #BuenaVida #Literatura #ArelyJiménez #PoetasHidrocálidos #MadrePiedra #Aguascalientes #Poesía #Reseña
Por Daniela A.H.
Son muchos los poetas que hoy mantienen el espíritu revolucionario de las vanguardias y traen consigo un estilo único, con los colores del siglo XXI; una de esas herederas es, sin temor a equivocarme, Arely Jiménez. Su poesía en Madre Piedra y otros poemas (2019) nace de la sinceridad, de la necesidad de expresarse sin limitaciones en un mundo donde la verdad apenas encuentra oídos para ser escuchada.
En este poemario, Arely canaliza la voz universal de dos arquetipos particulares. Por un lado, el enfermo, obligado a callar su dolor, despojado de su humanidad y limitado a aceptar la realidad sin quejarse. Por el otro, el hijo, convertido en un extraño ante la mirada fría y lejana de una madre con corazón de piedra.
Madre Piedra y otros poemas
El estilo
Aunque para Arely la escritura poética es co-creadora de la realidad, el mundo del poeta sigue siendo, en parte, desconocido. Hay algo de inaccesible dentro de su propia introspección: el lenguaje no alcanza a explicar lo que ella no sabe explicarse, por ello, casi todos sus poemas concluyen en la irresolución, en la duda, como en Cuando mi hermano tiene la razón grita, cuyos versos finales enuncian “no sé si el poema es un grito / escribo esto en silencio”. Dicha irresolución se manifiesta además en la ausencia de pausas: no hay principios ni fines, sólo continuidad.
A pesar de todo, las palabras demuestran resistencia. La crudeza del lenguaje hace que el tono general del poemario sea áspero, manteniendo un dejo de libertad subyacente en los versos, pues la parresía es producto de una libertad autoconferida, cuyo proceso es lastimoso pero necesario.
La poeta no se coloca como ser pasivo sino como agente que cuestiona el mundo. El estilo de Arely antepone la sinceridad de la palabra al silencio de la forma obscura u oculta. No necesita embellecer, sino aclarar. Hablar de lo prohibido no requiere velos. La poeta admite que la amargura natural de lo prohibido es intocable, y respeta el derecho de la palabra a rasgar y develar la cortina tras la cual los repudiados han sido cubiertos.
El símbolo
Encontramos dos grandes temas en el poemario: el primero corresponde al apartado Madre Piedra y habla de la relación de la poeta con su madre; el segundo corresponde al apartado Los cuerpos son para las heridas, que trata de la experiencia de Arely como paciente renal.
Entre estos, el símbolo más notable es, sin duda, el de la madre, un arquetipo que representa la protección, guía y amor incondicionales. Primordialmente, la madre
es portadora de paz y seguridad, pues no sólo da la vida, también la nutre; su vientre es el primer hogar y su leche el primer alimento, por ello, es el vínculo primigenio del ser humano con el mundo. Al crecer, nuestra madre será una de las principales forjadoras de nuestra identidad, y también ella recreará su sentido o valor en la vida en función de su rol. En tal sentido, madre e hijo son una parte fundamental el uno del otro.
Este símbolo cobra nueva significación en la obra de Arely Jiménez. Ya lo anuncia el título del poemario, Madre Piedra. La imagen de ternura y sensibilidad es desplazada por la dureza, el vacío, la frialdad y la inmovilidad. Para Arely, la madre no siente, no habla, no palpita, así lo expresa en el poema Hablar con mi madre es como hablar con una piedra: “hablar con mi madre es como hablar con una piedra / me reniega no comprender su lenguaje absoluto / […] hablar con mi madre es caer / que me tiemblen las piernas / y sólo quiera rendirme”.
Como puede verse, el desplazamiento confunde al poeta, pues quien debiera ser su referente familiar más importante, le habla en un lenguaje incomprensible; ya no es el refugio, es el peligro, quien provoca su caída. Esta nueva significación supone un reto para la hija, como se plantea en el poema Debo amar a mi madre: “debo amar a mi madre / y no sé cómo / si este callar y entender / mirar acaso con ternura / es amor / […] mientras pretendemos el amor / como quien ejerce un artificio”. Las secuelas de esta transgresión afectan la concepción de otros signos como el amor, pues ¿no es la madre la representación del amor por excelencia? Ahora, no sólo hay que aprender a amarla, también hay que replantear qué es amar.
El lenguaje
En este poemario, los textos presentan estructuras lingüísticas que reflejan los temas que abordan. Pr ejemplo, para el caso de los poemas que tratan sobre el conflicto con la madre, véase Mi hermano llega a la casa. Se trata de un poema de 18 versos de métrica y rima libres acomodados en tres estrofas: la primera de 10 versos, la segunda de 6 y la tercera de 2. Los versos están separados por función enfática y cada uno alude a un hecho singular: “la única hija que no se malogró / aunque el marido sea moreno / el niño les salió rubiecito dicen”. Por otro lado, cobra relevancia el adverbio cuando como introductor de una situación que se repite en un espacio de tiempo particular: “cuando mi hermano viene / los ojos de mi madre brillan / […] cuando mi hermano viene / mi madre nos detesta un poco más”.
En cuanto al apartado de Los cuerpos son para las heridas, véase El enfermo debe callar. Este se compone de 21 versos de métrica y rima irregulares, además de que también están separados por función enfática. La particularidad de este poema recae en el uso constante de la anáfora (repetición de una palabra al inicio de los versos), mucho más abundante que con el uso de cuando, en el poema anterior: “carne pinchada látex gasas / carne amarilla hematomas / carne que sabe que va a morir / y eso lo mata más que la muerte / carne que sueña con morir soñando / carne sin lenguaje”. La repetición de la misma imagen mental perite asociar el poema con una sensación particular, generalmente desagradable, que es reforzada por la aplicación de léxico especializado, términos médicos como diabetes, hematoma, diálisis, páncreas, glucosa, etc., que además de contribuir a la crudeza del estilo, también aportan sonoridad y sentido a cada poema.
Comentario final
La poesía de Arely Jiménez es, ante todo, valiente: su voz cuestiona, grita, denuncia e inquieta. En línea con los ánimos de ruptura vanguardista, la poeta enuncia lo que muchos hijos y enfermos se ven obligados a callar, sea por convenciones o por simple miedo a la indiferencia; verdades incómodas que son trasladadas al lenguaje poético con la misma densidad, esperando que alguien se entere de ellas y no tenga más opción que aceptarlas.
Hablar de otra manera, más revestida de ornamentos, sería como traicionar la verdad que impulsa a Arely a crear, como si perpetuara la censura a la que, de una u otra manera, se ha visto sometida. En este sentido, el título Madre Piedra o Los cuerpos son para las heridas resultan muy acertados, ya que no sólo sintetizan sensaciones particulares como la dureza, la frialdad, el dolor o la fragilidad, también son metáforas fáciles de comprender, familiares, que nos hacen sentir cercanos a la poesía porque bastan pocas palabras para transmitir demasiado.
El estilo de Arely, así como el de muchos poetas contemporáneos, está encaminado hacia el diálogo personal; es decir, no se percibe una intención explícita de escribir para un público particular —aunque sí de ser leído y escuchado—, ni una presión social enorme por producir “la mejor obra poética” del momento. En su impulso por expresar su dolor y soledad, Arely creó una obra donde la voz de miles de seres relegados se conjuga en un solo grito que clama “¡Aquí estoy!”.